Un día decidí bajarme del mundo.
No fue por una crisis existencial.
Tampoco porque hubiera descubierto el sentido de la vida.
Simplemente me cansé de correr detrás de cosas que nadie sabía explicar para qué servían.
Así que me bajé.
Desde entonces observo.
Observo a la gente correr para llegar a lugares donde después se queda sentada.
Observo cómo inventamos máquinas para ahorrarnos tiempo y luego utilizamos ese tiempo para trabajar más.
Observo cómo acumulamos información a una velocidad extraordinaria y, al mismo tiempo, cada vez tenemos menos paciencia para pensar.
Observo cómo una tecnología tarda veinte años en cambiar el mundo y cinco minutos en convertirse en una aplicación que nadie sabe usar.
Y observo algo todavía más extraño:
cómo nos acostumbramos a todo.
A lo absurdo.
A lo contradictorio.
A lo innecesario.
A lo que ayer parecía imposible y hoy consideramos normal.
Por eso decidí no correr.
Me bajé del mundo.
No significa que viva fuera de él.
Sigo pagando cuentas, usando tecnología, trabajando, comprando cosas y preguntándome por qué algunas tienen instrucciones de 47 páginas.
Simplemente intento mirarlo desde otra perspectiva.
Como quien sale de una película para preguntarse por qué todos los personajes están haciendo exactamente lo mismo.
NO SOY UN EXPERTO
Y probablemente eso sea una ventaja.
Los expertos suelen saber muchísimo sobre una cosa.
Yo tengo el problema contrario.
Me interesan demasiadas.
Historia.
Tecnología.
Inteligencia artificial.
Economía.
Trabajo.
Sociedad.
Música.
Ciencia.
Telecomunicaciones.
Cultura.
Comportamiento humano.
Y cualquier tema que provoque esa peligrosa sensación de:
“Espera… ¿y si esto está relacionado con aquello?”
Tengo una tendencia poco saludable a acumular conocimientos que aparentemente no sirven para nada.
Datos inútiles.
Historias olvidadas.
Tecnologías desaparecidas.
Oficios que ya no existen.
Ideas que fracasaron.
Inventos que nadie recuerda.
Teorías que parecían absurdas.
Y preguntas que probablemente nadie necesitaba hacerse.
Pero hay algo que he aprendido:
el conocimiento aparentemente inútil tiene una extraña costumbre de volverse útil cuando menos se lo espera.
OBSERVAR NO ES SER NEUTRAL
Mirar desde afuera no significa no tener opinión.
Significa intentar entender antes de opinar.
Preguntar.
Comparar.
Buscar antecedentes.
Encontrar contradicciones.
Seguir una idea hasta sus últimas consecuencias.
Y, ocasionalmente, descubrir que la idea que parecía brillante era una completa estupidez.
Incluida alguna de las mías.
Porque pensar críticamente también significa estar dispuesto a cambiar de opinión.
Una habilidad bastante poco popular.
NO VENIMOS A DAR RESPUESTAS
Venimos a hacer preguntas.
¿Por qué trabajamos como trabajamos?
¿Por qué determinadas profesiones desaparecen y otras aparecen?
¿Por qué algunas tecnologías liberan al ser humano mientras otras simplemente consiguen que pueda trabajar desde el baño?
¿Por qué acumulamos más información que cualquier generación anterior y aun así seguimos repitiendo errores bastante antiguos?
¿Por qué algunas ideas necesitan siglos para ser aceptadas?
¿Por qué llamamos “progreso” a algunas cosas y “decadencia” a otras?
¿Quién decidió que eso era progreso?
Y quizá la pregunta más incómoda:
¿Cuántas de las cosas que consideramos normales son realmente necesarias?
ESTE SITIO ES EL LUGAR DONDE VAN A PARAR ESAS PREGUNTAS
Aquí convertimos curiosidad en textos.
Textos en análisis.
Análisis en audios.
Audios en nuevas preguntas.
Y nuevas preguntas en más problemas.
Porque aparentemente no aprendimos la lección.
No buscamos producir contenido para llenar espacios.
Internet ya está suficientemente lleno.
Buscamos entender.
Y, cuando sea posible, ayudar a otros a mirar las cosas desde otro ángulo.
No necesariamente desde uno mejor.
Simplemente desde otro.
Porque a veces basta con cambiar el lugar desde donde miramos para descubrir que aquello que parecía obvio…
no lo era tanto.
SI TÚ TAMBIÉN TE BAJASTE DEL MUNDO
Probablemente entiendas de qué hablamos.
Quizá también te ocurre que una conversación normal termina llevándote a una pregunta completamente absurda.
Quizá lees sobre la invención de la escritura y terminas pensando en la inteligencia artificial.
Quizá escuchas hablar de robots y terminas preguntándote qué será del trabajo dentro de cincuenta años.
Quizá encuentras fascinante saber cómo funcionaba una tecnología que desapareció hace treinta años.
Quizá guardas información que nadie te pidió.
Quizá tienes veinte temas abiertos en la cabeza y ninguno está completamente cerrado.
Quizá simplemente miras alrededor y piensas:
“Aquí hay algo raro.”
Entonces probablemente estamos hablando de lo mismo.
No prometemos encontrar todas las respuestas.
Ni siquiera prometemos encontrar respuestas.
Pero sí prometemos algo:
seguir preguntando.
Porque mientras algunos corren para llegar al futuro,
nosotros preferimos detenernos un momento,
mirar alrededor
y preguntar:
¿Hacia dónde estamos corriendo?
Nos vemos afuera.
O mejor dicho:
nos vemos aquí, desde afuera.
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