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Vivir, Sobrevivir y Sobre Vivir

Hay palabras que utilizamos todos los días sin detenernos a pensar cuánto esconden dentro de sí. Vivir parece una de ellas. Basta con respirar, despertar cada mañana, trabajar, comer, dormir y volver a comenzar para decir que estamos viviendo. Pero quizá esa sea solamente la definición biológica de la existencia.

Porque una cosa es estar vivo y otra, muy distinta, vivir.

Y entre ambas aparecen dos palabras que, al separarlas, adquieren una profundidad inesperada: sobrevivir y sobre vivir.

Tres expresiones. Tres maneras de atravesar el mismo tiempo. Tres formas de relacionarnos con la existencia.

Vivir

Vivir, en su sentido más sencillo, debería ser mucho más que permanecer.

Durante siglos, vivir estuvo asociado a necesidades relativamente elementales: conseguir alimento, encontrar refugio, formar una familia, trabajar, protegerse de la enfermedad y de la violencia. La vida estaba estrechamente vinculada a la supervivencia. El hombre medieval que lograba llegar al invierno con comida y un techo había cumplido, en buena medida, con el propósito fundamental de su existencia.

Hoy, al menos para una parte importante de la humanidad, hemos conquistado algo que durante siglos parecía imposible: disponemos de tecnologías, medicamentos, comunicaciones, transporte, entretenimiento y comodidades que habrían parecido milagros a nuestros antepasados.

Y, sin embargo, aparece una paradoja.

Tenemos más medios para vivir, pero muchas veces sentimos que tenemos menos tiempo para hacerlo.

Tenemos relojes que miden los segundos con una precisión extraordinaria, pero cada vez parece más difícil disponer de una hora que realmente nos pertenezca.

Podemos hablar instantáneamente con alguien al otro lado del planeta, pero a veces no tenemos tiempo para conversar con quien está sentado junto a nosotros.

Podemos almacenar miles de fotografías, pero rara vez nos detenemos a mirar aquello que estamos fotografiando.

Podemos pedir comida, comprar cualquier objeto desde un teléfono y recorrer enormes distancias en pocas horas. Hemos multiplicado nuestra capacidad para hacer cosas.

Pero hacer más no necesariamente significa vivir más.

Quizá vivir sea, en realidad, aquello que ocurre cuando dejamos de estar ocupados simplemente en administrar nuestra existencia.

Vivir es caminar sin que el destino sea urgente.

Es conversar sin mirar el teléfono.

Es tomar un café porque queremos tomarlo y no porque necesitamos cafeína para continuar trabajando.

Es leer unas páginas sin sentir culpa por no estar produciendo.

Es mirar crecer a un hijo.

Es escuchar una canción y dejar que termine.

Es enamorarse.

Es aburrirse.

Es contemplar una tarde de lluvia sin convertirla en una oportunidad perdida.

Vivir contiene algo que nuestra época parece haber olvidado: la inutilidad de algunas cosas.

No todo tiene que producir.

No todo tiene que servir.

No todo tiene que conducir hacia alguna parte.

Hay experiencias cuyo único propósito es haber sido vividas.

Y quizá allí comienza la verdadera diferencia entre existir y vivir.


Sobrevivir

Pero no todos tienen el privilegio de preguntarse qué significa vivir.

Para muchos, la pregunta es mucho más elemental:

¿Cómo llego al próximo mes?

Sobrevivir es vivir bajo presión.

Es transformar el futuro en una sucesión de fechas límite: el próximo sueldo, la próxima cuenta, el próximo arriendo, la próxima cuota, la próxima compra de alimentos.

Es despertar pensando en lo que falta.

Es trabajar no porque el trabajo tenga sentido, sino porque hay que pagar.

Es aceptar condiciones que no se elegirían si existiera la posibilidad de elegir.

Es postergar continuamente aquello que se desea para atender aquello que se necesita.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.

Nunca habíamos producido tanta riqueza, pero millones de personas siguen viviendo con la sensación de que cualquier imprevisto puede derrumbarlo todo.

Una enfermedad.

Un despido.

Una deuda.

Una reparación inesperada.

Una separación.

Un mes malo.

Y entonces la vida se convierte en resistencia.

El sobreviviente no pregunta necesariamente si está siendo feliz.

Pregunta si alcanza.

Si alcanza el dinero.

Si alcanza el tiempo.

Si alcanza la energía.

Si alcanza el cuerpo.

Si alcanza hasta fin de mes.

Sobrevivir puede convertirse, así, en una forma permanente de existencia.

Y lo más inquietante es que puede llegar a parecer normal.

Nos acostumbramos a escuchar:

«Estoy cansado.»

«No tengo tiempo.»

«Tengo demasiado trabajo.»

«Después lo haré.»

«Cuando tenga dinero.»

«Cuando los niños crezcan.»

«Cuando me jubile.»

Siempre existe un momento futuro en el que comenzará la verdadera vida.

Pero ese momento tiene una característica terrible:

nunca ha llegado.

Porque quien solamente sobrevive aprende a vivir en el futuro.

El presente se transforma en una sala de espera.


Sobre Vivir

Y entonces aparece una tercera expresión.

No sobrevivir.

Sino sobre vivir.

Vivir sobre lo que se supone que deberíamos vivir.

Hacer más.

Entregar más.

Cargar más.

Resolver más.

Ser más.

El sobre vivir de nuestra época tiene un rostro especialmente visible: el de la mujer que trabaja fuera de su casa, regresa después de una jornada laboral y comienza una segunda jornada que nadie registra como trabajo.

Llega a casa y todavía queda cocinar.

Ordenar.

Lavar.

Revisar las tareas de los hijos.

Cuidar.

Organizar.

Comprar.

Planificar.

Recordar cumpleaños.

Recordar controles médicos.

Recordar lo que falta en el refrigerador.

Recordar aquello que todos los demás olvidaron.

Y quizá, cuando finalmente termina, descubre que su propio día ya terminó.

Pero mañana comienza nuevamente.

Ella no solamente vive.

No solamente sobrevive.

Sobre-vive.

Vive por encima de las horas disponibles.

Trabaja más allá de su jornada.

Cuida más allá de sus fuerzas.

Resuelve más allá de sus obligaciones.

Ama incluso cuando está agotada.

Y muchas veces lo hace sin que ese esfuerzo sea considerado extraordinario, porque la sociedad ha conseguido convertir lo extraordinario en expectativa.

Pero no es solamente la mujer.

También sobre-vive el padre que trabaja horas adicionales para que sus hijos tengan una oportunidad que él no tuvo.

Sobre-vive el joven que estudia de día y trabaja de noche.

Sobre-vive quien tiene dos empleos.

Sobre-vive quien cuida a un familiar mientras mantiene su propio trabajo.

Sobre-vive el pequeño empresario que abre cuando los demás duermen y cierra cuando todos se han ido.

Sobre-vive quien transforma las noches, los fines de semana y los feriados en horas productivas.

El sobre vivir es, en definitiva, la vida que se extiende más allá de sus propios límites.

Y aquí aparece una pregunta incómoda:

¿Hasta qué punto admiramos a las personas por su capacidad de sobre-vivir cuando, en realidad, deberíamos preguntarnos por qué necesitan hacerlo?


La trampa de la eficiencia

Nuestra época ha convertido la eficiencia en una virtud casi absoluta.

Hay que producir más.

Aprender más.

Ganar más.

Viajar más.

Entrenar más.

Leer más.

Trabajar más.

Aprovechar mejor el tiempo.

Incluso descansar parece haberse convertido en una actividad que debe ser optimizada.

Dormimos para rendir.

Ejercitamos para rendir.

Comemos para rendir.

Estudiamos para rendir.

Descansamos para poder volver a rendir.

Y, poco a poco, aparece una extraña paradoja:

hemos convertido la vida en preparación para seguir viviendo.

El domingo sirve para recuperar fuerzas para el lunes.

Las vacaciones sirven para regresar con energía al trabajo.

El descanso sirve para producir mejor.

El ocio se convierte en una herramienta de productividad.

Incluso nuestros sueños terminan subordinados a una agenda.

Quizá hemos cometido un error fundamental.

Hemos confundido calidad de vida con capacidad de consumo, y hemos confundido progreso con velocidad.

Una vida puede tener mucho movimiento y muy poco significado.

Puede estar llena de actividades y vacía de experiencias.

Puede estar llena de personas y sentirse profundamente sola.

Puede estar llena de bienes y carecer de tiempo.

Puede ser larga y, sin embargo, haber sido poco vivida.


El precio de vivir después

Hay una frase que resume silenciosamente buena parte de nuestra existencia:

«Después.»

Después tendré tiempo.

Después viajaré.

Después descansaré.

Después leeré.

Después estaré con mis hijos.

Después llamaré a mis padres.

Después haré aquello que realmente quiero hacer.

Después.

Siempre después.

El problema es que la vida no se acumula.

No podemos guardar un martes para utilizarlo cuando tengamos tiempo.

No podemos almacenar una tarde.

No podemos recuperar una conversación que nunca tuvimos.

No podemos volver a tener diez años.

Ni treinta.

Ni cincuenta.

Ni sesenta.

El tiempo no funciona como una cuenta bancaria.

Lo que no vivimos no queda guardado.

Desaparece.

Y quizá por eso la pregunta más importante no sea cuánto tiempo nos queda, sino:

¿Cuánto de ese tiempo estamos realmente viviendo?


Vivir no debería ser un privilegio

Tal vez el verdadero desafío de nuestra época no consiste únicamente en prolongar la vida.

Hemos aprendido bastante sobre cómo vivir más años.

Pero todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo vivir esos años.

Una sociedad verdaderamente avanzada no debería medir su progreso solamente por la cantidad de bienes que produce, la velocidad de sus comunicaciones o el crecimiento de su economía.

También debería preguntarse cuánto tiempo libre tiene una persona.

Cuánto tiempo pasa con sus hijos.

Cuánto puede descansar.

Cuánto puede cuidar.

Cuánto puede crear.

Cuánto puede simplemente estar.

Porque una sociedad donde todos necesitan sobre-vivir para poder vivir no es necesariamente una sociedad próspera.

Puede ser una sociedad extraordinariamente eficiente para producir cosas y extraordinariamente ineficiente para producir tiempo humano.

Y quizás el tiempo sea, finalmente, la riqueza más importante.

Porque el dinero perdido puede recuperarse.

Un objeto puede reemplazarse.

Una casa puede reconstruirse.

Pero una hora que pasó no vuelve.


Entre las tres palabras

Tal vez nuestras vidas transcurran permanentemente entre estas tres posibilidades.

Vivir.

Cuando tenemos el espacio para experimentar nuestra existencia.

Sobrevivir.

Cuando las circunstancias nos obligan a concentrarnos únicamente en mantenerla.

Sobre-vivir.

Cuando hacemos de nuestra existencia una permanente superación de nuestros propios límites.

Las tres pueden coexistir en una misma persona.

Podemos vivir una tarde y sobrevivir el resto de la semana.

Podemos sobrevivir durante años y, de pronto, encontrar un instante en el que volvemos a sentirnos vivos.

Podemos sobre-vivir durante décadas sin darnos cuenta de que aquello que llamábamos fortaleza era, quizá, agotamiento acumulado.

Por eso quizá no se trata de condenar el esfuerzo.

El esfuerzo puede ser noble.

Trabajar puede ser digno.

Cuidar puede ser profundamente hermoso.

Luchar por otros puede darle sentido a una vida.

El problema aparece cuando el esfuerzo deja de ser una elección y se convierte en una condición permanente para existir.

Cuando descansar produce culpa.

Cuando detenerse parece fracasar.

Cuando pedir ayuda parece debilidad.

Cuando el éxito consiste en demostrar cuánto puede soportar una persona antes de quebrarse.


Epílogo: volver a vivir

Quizá vivir sea, finalmente, una forma de resistencia.

No contra la muerte —esa batalla está perdida desde el principio—, sino contra una existencia reducida exclusivamente a producir, pagar, cumplir y continuar.

Quizá vivir sea recuperar pequeñas parcelas de tiempo que no tengan dueño.

Una conversación.

Una caminata.

Una comida compartida.

Una canción.

Un libro.

Una mirada.

Una tarde sin propósito.

Un abrazo que no necesita explicación.

Porque al final, cuando nuestra vida pueda ser contemplada desde lejos, probablemente nadie preguntará cuántos correos respondimos, cuántas reuniones tuvimos, cuántas horas adicionales trabajamos o cuántas cosas compramos.

Recordaremos —y seremos recordados— por otras cosas.

Por las personas que amamos.

Por los momentos que compartimos.

Por aquello que construimos.

Por las veces que estuvimos presentes.

Y quizás descubramos entonces que la diferencia entre vivir, sobrevivir y sobre-vivir no estaba en la cantidad de cosas que hicimos, sino en cuánto de nosotros mismos estuvo realmente presente mientras las hacíamos.

Porque hay personas que pasan toda su vida intentando no morir.

Hay otras que pasan toda su vida intentando llegar a fin de mes.

Y hay otras que pasan toda su vida haciendo el doble de lo que una vida humana parece capaz de soportar.

Pero entre todas ellas queda una pregunta sencilla, casi silenciosa:

¿En qué momento vivimos?

Tal vez vivir sea precisamente eso:

encontrar, en medio de todas las obligaciones, un instante que no necesite justificarse.

Un instante que no produzca nada.

Que no resuelva nada.

Que no pague nada.

Que no sirva para mañana.

Un instante que simplemente sea.

Porque quizá la verdadera tragedia no sea morir algún día.

Quizá sea llegar al final y descubrir que, mientras intentábamos sobrevivir, mientras intentábamos sobre-vivir, olvidamos vivir.

Publicado en busqueda Ensayo Reflexion

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