Nací entre adobes y polvo, cuando La Centenario aún era promesa. Mi padre llegó desde el norte, con las manos gastadas por la sal, buscando un techo que no se deshiciera con el viento. Aquí levantó su casa, y en sus paredes crecimos todos. Recuerdo el Castillo Butrón, siempre vigilante, y las historias de fantasmas que nos mantenían despiertos en las noches largas. La parroquia nos unía, entre bautizos y despedidas. Ahora camino lento por las mismas calles, saludo a los hijos de mis vecinos. La Centenario no es solo barrio: es la memoria que late en mi sangre.
Ian, de Capa VIII
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