Yo trabajé en la Casa de Cristal. Cada noche, me envolvía en un vestido largo, sin escotes, como ordenaba la señora Aurora. El peinado de peluquería y el perfume escondían la nostalgia que cargaba en silencio. Los hombres pagaban con fichas cada copa que bebíamos juntos; yo sonreía, brindaba, mientras pensaba en el tren que me llevaría de vuelta a casa. Teníamos permiso contado, quince días que sabían a respiro. Nunca vino, nunca aguardiente: solo tragos brillantes y promesas borrosas. Entre galería y comedor, aprendí a fingir alegría, aunque cada ficha cobraba también un pedazo de mi alma.
Ian, de Capa VIII
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