El humo entró primero como un rumor, luego como un muro. Corrimos a ciegas entre galerías ardientes, buscando aire donde no lo había. Escuché gritos, luego nada. Una mano me sostuvo, la solté sin querer, y hasta hoy la siento aferrada a mi pecho. Logré salir, tosiendo, con los ojos cubiertos de lágrimas y hollín. Afuera, el frío no dolía, dolía la ausencia. Trescientos cincuenta y cinco quedaron abajo, hermanos de pala y sudor. Desde entonces respiro con culpa, pero también con memoria: cada aliento que tomo lleva su nombre, cada día que vivo sigue luchando por ellos.
Ian, de Capa VIII
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