En Sewell, un mediodía de junio el aire se adueñó de todo. Una fragua ardía, monóxido invisible reptaba por galerías, silencioso verdugo. Los mineros aspiraban humo creyendo el aliento firme: risas apagadas, botas detenidas. Veintinueve, cincuenta, trescientos cincuenta y cinco rostros sin nombre, promesas colgadas de bejucos que ya no sostenían esperanza. El turno temblaba, el socavón se llenaba: hijos sin padre, mujeres sin marido, casas pendientes de funerales. En las vías, ataúdes improvisados viajaban hacia Rancagua: un duelo país marchando lento. Hoy, cuando el viento acaricia Sewell, pienso en sus pulmones ahogados, en su valor que aún respira en la piedra gris.
Ian, de Capa VIII
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