Trabajé treinta años bajo esas montañas. El campamento Sewell era más que un puñado de casas grises: era nuestro mundo. Amanecíamos con frío cortante, y el silbato nos llamaba como un destino inevitable. En las noches, la mina nos devolvía cansados, con los ojos brillando de polvo metálico. Mi hijo jugaba entre rieles oxidados, mi mujer tejía esperando el crujido de mis botas. Un día, las máquinas callaron y el pueblo se apagó. Hoy solo quedan ruinas y silencio. Yo también me siento ruina, aunque cada piedra murmura que allí dejamos vida, sudor y un sueño enterrado.
Ian, de Capa VIII
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