El campamento Swell ya no existe en los mapas, pero sigue vivo en mi memoria. Entre cerros polvorientos, las casas de calamina temblaban con el viento y con las risas de los niños corriendo tras volantines improvisados. De noche, los mineros regresaban cubiertos de polvo metálico, brillando como estatuas tristes. Mi abuela servía sopa en ollas enormes, y en cada cuchara se repartía calor contra la helada. El silbato marcaba jornadas y despedidas, hasta que un día calló para siempre. Ahora, cuando paso por ruinas oxidadas, escucho voces lejanas que insisten: aquí también se soñó, aquí también se vivió.
Ian, de Capa VIII
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